Testimonio de agradecimiento de una mamá en la clausura del curso en San Ángel

Quiero dar las gracias por permitirme estar aquí y expresar unas palabras en un día tan importante para nuestras hijas y para nuestras familias.
Hoy mi corazón está lleno de gratitud. Hace algunos años jamás imaginé que estaría viendo a mi hija graduarse en la preparatoria.
Cuando mi esposo falleció, mi vida cambió por completo. Mi hija era apenas una adolescente y el dolor nos alcanzó de maneras diferentes. Ella empezó a tomar caminos que me preocupaban profundamente. Como mamá, sentía un miedo enorme de perderla, de que su vida tomara un rumbo del que ya no pudiera regresar.
Fueron años muy difíciles. Hubo lágrimas, discusiones, desesperación y momentos en los que sentía que ya no sabía qué hacer. Yo también estaba viviendo mi propio duelo y muchas veces no entendía que mis hijos también necesitaban que alguien los ayudara a sanar.
Pero hubo algo que nunca hice: rendirme. Hubo noches en las que me acostaba pensando que estaba perdiendo a mi hija. Sentía miedo, impotencia y muchas veces no sabía qué más hacer. Hoy, al verla graduarse, entiendo que nunca dejé de buscar ayuda para ella y que ella tampoco dejó de luchar por encontrarse a sí misma.
Busqué ayuda donde pude. Toqué muchas puertas hasta que Dios puso en nuestro camino al Patronato Francisco Méndez y a las Hermanas Trinitarias.

Desde el primer momento nos escucharon sin juzgarnos. Nos hicieron sentir que todavía había esperanza y que mi hija no era un problema, sino una joven que necesitaba amor, orientación, disciplina y una oportunidad para reconstruir su vida.
Quiero agradecer de todo corazón a las Hermanas Trinitarias, a la psicóloga, a las maestras, a los profesores, al personal de talleres y a cada una de las personas que forman parte de esta institución. Gracias por la paciencia, por el cariño, por las llamadas, por los consejos, por las correcciones cuando fueron necesarias y por creer en mi hija, incluso en los momentos en que era muy difícil hacerlo.
También quiero reconocer algo muy importante. Todo el apoyo que ustedes brindaron hubiera sido imposible si mi hija no hubiese tomado la decisión de cambiar. Ella fue valiente. A pesar de su dolor, decidió escuchar, aprender, levantarse y luchar por un futuro mejor.
Hija, hoy quiero decirte que me siento profundamente orgullosa de ti. No por este diploma, sino por la mujer en la que te has convertido. Porque aprendiste que los errores no definen nuestra vida y que siempre podemos volver a empezar.
Quiero pedirte perdón por las veces que, como mamá, no supe cómo ayudarte. Sé que cometí errores. Actué muchas veces desde el miedo y la desesperación. Pero nunca dejé de amarte, nunca dejé de luchar por ti y nunca dejé de creer que algún día volvería a ver la sonrisa y la tranquilidad que hoy veo en tus ojos.
Este logro no es solamente una graduación. Es el resultado de muchos años de esfuerzo, de disciplina, de lágrimas, de aprendizaje y de esperanza. Es la prueba de que, cuando una familia y una institución trabajan de la mano, los milagros sí existen.
Hoy me voy con el corazón lleno de agradecimiento. Gracias por devolverme la tranquilidad de saber que mi hija tiene un futuro. Gracias por ayudarla a descubrir la gran persona que siempre llevó dentro.

Quiero terminar diciendo algo que siempre llevaré en mi corazón: este logro fue posible porque muchas personas nos tendieron la mano, porque hubo una institución que creyó en nosotras cuando más lo necesitábamos y porque hubo personas que caminaron a nuestro lado durante todo este proceso. Pero, sobre todo, porque mi hija quiso salir adelante. Ella decidió luchar por su vida, aprovechar cada oportunidad que se le presentó y hoy está cosechando el fruto de esa decisión.
Que Dios bendiga a esta institución, a cada una de las personas que dedican su vida a servir a estas jóvenes y a todas las familias que, como nosotros, llegaron buscando una oportunidad y encontraron un hogar lleno de amor, comprensión y esperanza.
Muchas gracias.



