El hogar que me enseñó a confiar

He cumplido mi mayoría de edad dentro de un programa de acogida que tienen las Hermanas Trinitarias. Reconozco que mi proceso no fue nada fácil: como a cualquier chica de mi edad, me invadían los miedos y las dudas al tener que gestionar una situación familiar complicada y adaptarme a un hogar de menores. Sin embargo, a veces esa es la única salida para poder salir adelante.

Mirando hacia atrás, siento que no hay que tenerle miedo a la vida. Incluso en los
momentos más oscuros, siempre hay que mantener la esperanza de que las cosas van a mejorar y de que, mientras seas menor, vas a contar con el abrazo de quienes buscan tu bienestar. Y eso es exactamente lo que viví en esta casa: un apoyo incondicional.
Cada hermana, cada educador y profesional me han guiado con muchísima paciencia, enseñándome a construir la persona que soy hoy en día, de la que, sinceramente, me siento orgullosa.
Aquí me sentí querida y valorada, algo que llevaba muchísimo tiempo anhelando. He reído y también me ha tocado llorar, pero nunca me he sentido sola; siempre han estado ahí para darme su amor y su cariño sincero.

Con todas las chicas pasa lo mismo: da igual de dónde vengamos o qué problemas traiga cada una, al final todas somos iguales. Creo que aquí nos dan todo lo que necesitamos: cariño, felicidad, comprensión y, sobre todo, una sonrisa cada mañana, que es justo el empujoncito que nos hace falta cada día.
Si de algo estoy segura, es que cuando de verdad quieres avanzar y ser feliz aquí dentro, se consigue. Eso sí, requiere mucha perseverancia y, ante todo, aprender a confiar en una misma.
Gracias de corazón.



