Una historia que despierta y no deja indiferente
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Cuando en la Congregación comenzábamos a soñar el proyecto de la película y a dar sus primeros pasos, había en mí una intuición muy clara: debía ser una obra que provocara un cierto “escándalo”. No en un sentido polémico, sino como esa experiencia interior que sacude, que despierta, que no deja indiferente. Un “escándalo” capaz de generar un movimiento interior en quien la ve, en quien escucha hablar de ella y también en cada una de nosotras, Trinitarias. Una llamada que cuestiona, que interpela y que nos pone delante de lo esencial.
Hoy, después de verla hecha realidad en Las locas del Obelisco, puedo decir que esa intuición se ha cumplido. La película es, ante todo, un reclamo. Un reclamo social que nos confronta con una pregunta de fondo: ¿qué estamos haciendo como sociedad ante el sufrimiento, la vulnerabilidad y la dignidad herida de tantas mujeres? Y, al mismo tiempo, es una llamada para nosotras, Trinitarias, a seguir encarnando con mayor verdad el amor liberador que reconoce, acoge y promueve la dignidad de cada persona.
Lo que aparece en la gran pantalla es una historia bien contada, pero, sobre todo, el reflejo —profundo y fiel— de una experiencia de Dios. La película muestra con gran sensibilidad cómo la fidelidad de Dios, su amor incondicional, se abre camino en medio de la historia concreta. Y esto resulta profundamente esperanzador. Porque, en realidad, el origen de nuestra Congregación es la respuesta a esa fidelidad del Amor de Dios que siempre toma la iniciativa.
El verdadero origen está ahí: en ese Dios que se hace cercano, que envía a su Hijo para revelarnos que es Padre y que no puede ser otra cosa más que Amor. Y desde esa experiencia, nuestros fundadores, Padre Francisco de Asís Méndez y Madre Mariana Allsopp González, junto con las primeras hermanas, jóvenes, valientes, profundamente disponibles, se dejan conducir por ese mismo Amor y emprenden el camino de Jesús hacia los más indefensos.
Contemplar esto en la pantalla conmueve profundamente. Hay en ellos una fuerza que desconcierta: no tenían seguridades, no contaban con medios, no respondían a cálculos humanos. Solo había en ellos una certeza: el amor de Dios que los impulsaba. Y eso, visto desde fuera, puede parecer locura. Una locura evangélica, un “escándalo” que sigue interpelándonos hoy.
Porque Dios siempre desborda nuestros esquemas: está más allá de todo, y al mismo tiempo profundamente cercano. No hay fuerza mayor que su Amor. Y ver reflejado ese puñado de jóvenes, con toda la vida por delante, sosteniéndose únicamente en esa confianza, nos pone inevitablemente en contacto con el origen de nuestra propia vocación, con ese “amor primero” que un día también nos llamó.
Para la Congregación, esta película ha sido una renovación interior. Nos ha ayudado a volver a lo esencial, a reconocernos en nuestras raíces y a dejarnos cuestionar por la radicalidad del Evangelio vivido por quienes nos precedieron.
Por eso, solo puede brotar un profundo agradecimiento. A quienes han hecho posible esta obra, y especialmente a los actores, que han sabido encarnar con verdad y hondura esta historia. Gracias por haber permitido que la gracia de Dios pasara sobre cada uno, llegando al corazón de tantas personas.
Porque, en el fondo, ese es el verdadero milagro: que una historia concreta, nacida hace más de un siglo, siga hoy tocando vidas, despertando preguntas y abriendo caminos de esperanza.
Luci Tejón Mallada - Hermana Trinitaria









