Una puerta siempre abierta, una vida que vuelve a empezar
- hace 3 días
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El pasado 13 de marzo, animadas por una gran amiga, fuimos al cine. La película se titula "Las locas del Obelisco": una historia de personas profundamente valientes, capaces de rescatar vidas arriesgando la suya propia, llegando a fundar en el Madrid de finales del siglo XIX una casa cuya puerta siempre está abierta… incluso hoy en día.
Gracias a esa Puerta Siempre Abierta, gracias al Padre Méndez, a la Madre Mariana y a todas esas almas bondadosas y valientes que se unieron a esta causa, nuestras vidas dieron un giro de 180°.
Hubo un momento de nuestras vidas en el que ya no había otra cosa que no fuera la calle. Llamamos a la puerta… y una mano valiente y generosa nos ayudó a levantarnos. Gracias a ella, hoy somos otras personas: con estudios, con trabajo, con sueños y esperanzas como los de cualquiera.
Gracias, queridas Trinitarias, por seguir teniendo la puerta abierta.
Es difícil plasmar todas las sensaciones y emociones que nos produce haber visto “Las locas del Obelisco”. Despertó en nosotras los buenos momentos vividos y esa profunda sensación de ser unas privilegiadas, de ser unas de las afortunadas por haber encontrado esa Puerta Siempre Abierta que tan generosamente ofrecieron la Madre Mariana Allsopp, junto al Padre Méndez y sus hermanas.
No solo cuando nos acogieron y nos dieron la oportunidad de crecer como personas y profesionalmente, sino también cada vez que nos acercamos a verlas. Esa sensación de familia no se rompe… ni se olvida.
Ver la película, aunque trasladada al origen de esta gran obra, nos acerca de nuevo a nuestra propia experiencia vivida entre ellas. A cómo nos contagiaron de su espíritu y a cómo compartimos la posibilidad de ayudar a otras personas, al mismo tiempo que nos ayudaban a nosotras. Nos sentimos unas “golfillas” más —como cariñosamente llamaba el Padre Méndez a los niños que acogían—.
Y cada día agradecemos la valentía de Mariana, que ha llegado hasta nuestros días y se ha convertido para nosotras en nuestra maestra.
Hoy siguen siendo mujeres enamoradas de su misión, que acogen a personas desvalidas por mil motivos, sin importar cuáles sean, ofreciendo siempre una oportunidad… y ayudando a transformarlas en personas fuertes.
Nunca tendremos suficientes palabras, ni gestos, para agradecer todo lo que nos enseñaron y todo lo que nos aportaron… y que hoy intentamos, humildemente, contagiar a otras personas que también lo necesitan.
Gracias, hermanas.
Gracias por ser nuestra familia.
Hermanas Peñalver.









